Por: ESTHER BALAC
@ Cortesía DIARIO EL TIEMPO
Hay poses que nacieron para el lente en la cámara, no para la comodidad del catre. No se sabe con certeza quién fue el primero en intentar imitar una posición imposible vista en internet, pero sí sabemos quién terminó con un tirón de espalda y el ego maltrecho: casi todos los que alguna vez pensaron que el aquello debía parecerse a una rutina acrobática de circo.
El problema es que confundimos pasión con coreografía. Y así terminamos haciendo maromas con la planta baja como si los cuerpos fueran piezas de Lego con articulaciones ilimitadas. Nos tragamos la idea de que hay una especie de olimpiada sexual en la que hay que impresionar al otro – o a uno mismo – con poses que requieren estiramiento previo, un entrenador de pilates y, tal vez, una ambulancia esperando en la puerta.
En que momento las ganas dejaron de ser suficientes y pasaron a ser una competencia de flexibilidad ? No es que esté mal experimentar. No ! aplaudo la curiosidad, la creatividad, la osadía de intentar nuevas configuraciones anatómicas.
Pero, a veces, entre el intento de hacer la » araña del desierto invertida » y el forzado de alguien que ya no siente ni deseo ni circulación, se pierde lo más importante: el disfrute real.
Porque el aquello no necesita espectacularidad, necesita autenticidad. No hay diploma ni medalla para el que logré mantener el equilibrio con una pierna alzada, sosteniéndose del espaldar del catre mientras calcula la fuerza centrífuga del movimiento. Eso no es erotismo, es física aplicada a lo tonto.
Y sin embargo, seguimos allí, con el manual del Kamasutra en la mesa de noche, buscando inspiración. Lo abrimos como quien consulta un recetario de cocina molecular, convencidos de que cada sesión debe ser única, sorprendente, inolvidable. Y si el recuerdo más imborrable es una risa compartida, una torpeza mutua, un momento sin perfomance ?
La industria visual – de la pornografía a la publicidad – nos ha vendido la idea de que el placer tiene que parecer estético, como sí el gozo necesitara aprobación externa. Como sí alguien nos evaluara con un letrero en alto: » 7.50 por el giro, pero le faltó emoción en el departamento inferior ! » .
Volvamos a lo básico, por favor. A las ganas verdaderas, sin guión. Al roce sincero, al jadeo espontáneo, al » ven acá » que no requiere entrenamiento ni estiramientos previos.
A veces, la mejor posición es la que nace del cuerpo en el momento, no la que viene en un gráfico con nombres exóticos como » la garza iluminada » o la » libélula del nirvana horizontal «.
No hay nada más placentero que dos personas que se sienten cómodas siendo imperfectas, que se ríen en medio del intento fallido, que se detienen a preguntar: está bien ? seguimos ? cambiamos ? nos quedamos así, pegaditos, sin tanto show ?
Entendamos, el verdadero kamasutra no está en las posiciones imposibles, sino en la capacidad de escuchar al cuerpo del otro como si fuera un idioma secreto. Y ahí, en ese idioma, la mejor posición es la que no duele, no incomoda, no presiona. La que no es sufrida, sino compartida.
Hasta luego.
